Parece mentira, mientras en España estabamos pegandonos tiros unos a otros
en una desgraciada guerra civil, 1936, entre la destrucción y la miseria propia
de la epoca; epoca de postguerra de la cual todavía me acuerdo muy bien, con vívidas
y graficas imagenes de pobreza, picaresca, suciedad, malos olores, fealdad en tantas
cosas y contrastes de gran lujo en las casas de las gentes de poder y de dinero.
Parece mentira, digo, que por entonces en este pais un hombre como Kauffman,
dueño de un gran almacen pero al fin y al cabo provinciano, tuviera el arranque,
y el dinero, de encargar a un arquitecto singular (aunque su hijo fuera quien
le “malmetiera” con dicho arquitecto) una casa de campo y le diera carta blanca
para crear uno de los hitos de la arquitectura moderna.
English translation:
It seems unreal. In Spain we were shooting each other in a disgraceful civil war (1936),
amid the destruction and the misery proper to the postwar era which I still remember well,
with its vivid images of poverty and rogues, of filth, malodor, ugliness and so much else
in contrast to the luxury in houses of wealth and power.
It seems a lie, I say then, that at that time in America a man like Kauffman, owner of a
department store but nevertheless a provincial, had the effrontery—and the money-- to hire
such a singular architect to design his country house (though it took some scheming by Kauffman Jr.
on behalf of said architect to make the deal), and to give that architect carte blanche to create one
of the milestones of modern architecture.